Rubén A. Arribas, sobre «El derrumbamiento» y la narrativa de Armonía Somers en CTXT.

“Cuando una tira un mito abajo, se siente como los franceses demoliendo La Bastilla”. Armonía Somers no concedió muchas entrevistas a lo largo de sus más de cuarenta años como escritora; sin embargo, nunca desperdició la ocasión para dar alguna clave con la que descifrar el mensaje de su compleja, heterodoxa, vanguardista y, sobre todo, misteriosa obra. Como le explicó en una entrevista a Carlos María Domínguez, ella se dedicó a descabezar aquellos mitos que alimentaban las convenciones sociales, religiosas y literarias que la ahogaban. Su obra nació de la irreverencia y de la provocación, de lo mucho que le complació “inquietar, desacomodar a la estulticia humana”, como dejó constancia en una invaluable carta abierta escrita poco antes de morir.

Armonía Somers (1914-1994) buscó perturbar desde el primer texto que escribió: El derrumbamiento. Si bien ese cuento lo publicó tres años después que su icónica novela La mujer desnuda (1950), representa el instante cero de su literatura y, como tal, deja entrever un programa estético que anuncia lo que vendrá después. Pasados más de setenta años, siguen resultando fascinantes la gallardía y la desbordante inteligencia narrativa de aquella joven escritora. Como casi todo lo que escribió, el cuento se prestó a interpretaciones de toda laya, y no pocas la tildaron de blasfema, sacrílega y cosas por el estilo.

En general, Somers prefirió guardar silencio sobre lo que escribía y dejar que su obra hablara por ella, y preservar así el misterio que precede al encuentro entre el lector y el texto. Poco dada a participar en el circo mediático, Somers prefería hacer las entrevistas por escrito y eludió ser fotografiada. Pese a su aura de mujer esquiva y difícil, fue amable y generosa con quienes la leían, y no tenía inconveniente en hablar de sus libros. Paradójicamente, aunque era consciente de que escribía para una reducida comunidad lectora y de que ganó varios premios, le dio rabia no haber ganado alguno más, en particular por su antología personal de cuentos La rebelión de la flor (1988).

Cansada de que le preguntaran por lo mismo en la mayoría de las entrevistas –el sexo, las violaciones, la homosexualidad, lo cruel, lo escatológico, lo obsceno, lo siniestro, etc.–, terminó escribiendo Carta abierta desde Somersville (1992), donde deshace algunos malentendidos. Allí explica, por ejemplo, que El derrumbamiento narra “la confrontación entre un hombre negro que acaba de matar a un blanco y la Inmaculada, que desciende desde el rincón de un refugio miserable de antisociales y decide humanizarse, para vengar a su hijo, ante el humilde durmiente en el suelo”.

Dicho así impacta, pero impacta aún más saber que el hombre negro está desnudo y que la estatuilla de la virgen, al humanizarse, le besa las manos y le pide que las utilice para fundir la cera que envuelve su cuerpo. Desde los pies al muslo, y de ahí hasta llegar a lo que él llama el “narciso de oro” o “huerto cerrado”. Es decir: la virgen incita al hombre. De hecho, lo hace con frases de este tenor: “Tócalo, Tristán, toca también eso, principalmente eso. Cuando se funda la cera de ahí, ya no necesitarás seguir. Sola se me fundirá la [cera] de los pechos, la de la espalda, la del vientre. Hazlo, Tristán, yo necesito también eso”.

Por si le faltaba picante al asunto, quien más y quien menos opinó que el proceso de derretimiento concluía en consumación carnal. Pocos entendieron –o quisieron entender– que el cuento simbolizaba la pelea entre la voluntad sacralizadora de la virgen y la pulsión carnal humana. En esa pelea, según declaró Somers a Domínguez, “los instintos son solo catalizadores en el mecanismo de liberación de una mujer respecto al mito, y al mismo tiempo del juicio abierto al hombre que mató a Dios y debe asumir la existencia sin él”. Como sucede hoy, entonces también costaba aceptar que la imaginación era una provincia vecina –acaso autónoma– de la realidad.

Cuando apareció el libro en 1953, los otros cuatro cuentos mostraban que allí había todo un novedoso imaginario en marcha. Réquiem por Goyo Ribera narra una amistad entre dos varones que no se sabe muy bien si fueron pareja o si, en realidad, subliman su homosexualidad. En El despojo, un granjero viola a su esposa, esta le pone los cuernos con un empleado, ese empleado parece violar —parecer es un verbo importante en la literatura somersiana— a una adolescente y, a la vez, ese hombre termina siendo violentado por una panadera que tiene los pechos llenos de leche y lo amamanta. Si digo parece violar es porque Somers explicó en su carta que ese hombre era “completamente simbólico” y representaba “al amor en su constante trashumancia”. Símbolo es otra palabra a tener en cuenta.

Por su parte, Saliva del paraíso está alineado más o menos con los anteriores y, como sostiene Susana Zanetti, puede leerse como una “ácida parodia del Edén”. En cambio, La puerta violentada deja aflorar otros temas, como el melodrama familiar, la locura o la muerte. También una angustia metafísica, que, en su versión más suave, se expresa así: “Aunque se persista en decir lo contrario, nadie piensa que pueda existir algo que supere a la tierra, hasta en la precariedad del tránsito”. Y, en su versión más cruda, suena de este modo: “Dios no existe, puesto que no sirve para los que quedan solos”.

Por último, la leyenda dice que estos cuentos le sirvieron para conocer a su marido, Ricardo Henestrosa, dueño del taller gráfico al que llevó a imprimir el manuscrito. Al decirle Somers que trabajaba como maestra en una escuela infantil, él le preguntó si quería incluir algunos dibujitos en el libro, una gentileza que ella rechazó sin sacarlo de su error. Pasados unos días, cuando Henestrosa vio que los linotipistas se quitaban las páginas de las manos, sintió curiosidad y lo leyó. El resto de la historia es que se casaron en 1955, vivieron 27 años juntos y, aun siendo caracteres muy distintos, formaron una pareja de una complicidad envidiable.

La autodecapitación como metáfora vital

Armonía Somers irrumpió en una época donde, como ella le contó a Ana Inés Larre Borges, “la literatura uruguaya era esa cosa sórdida de pensiones y hombres en alpargatas como hacía Onetti”. Por entonces, el discurso hegemónico lo pautaban el criollismo y el realismo a lo Balzac, y la intelectualidad –la llamada Generación 45– estaba muy politizada. Dado ese clima social y literario, y aunque la habían precedido raroscomo Lautréamont o Felisberto Hernández, Somers y su literatura de tan difícil filiación debieron remar en solitario y a contracorriente.

Su debut en el mundo editorial se produjo con La mujer desnuda (Trampa, 2020), publicada justo en mitad del siglo XX en una pequeña revista. La novela causó un modesto escándalo en el ambiente literario, pues muchos asumieron que aquel nombre de raíz anarquista (Armonía) y apellido angloalemán (Somers) solo podía ser el seudónimo de un varón, de un grupo vanguardista masculino o, en todo caso, de algún homosexual. Los prejuicios les impedían imaginar que una mujer fuera capaz de fundir la libertad deseante del Apollinaire de Las once mil vergas con la angustia de Hamlet. O dicho de otro modo: ¿cómo podía haber creado una mujer un personaje femenino que afirmaba que “el semen altamente viscoso del único hombre de la aldea” le resbalaba por los muslos o cuyo dilema existencial era “poner o no poner toda la sangre en el desear, eso era todo”?

 

'Rebeca Linke'. Acrílico, acuarela y tinta sobre papel. María Pinto (2020).

‘Rebeca Linke’. Acrílico, acuarela y tinta sobre papel. María Pinto (2020).

Además, la novela desarbolaba cualquier expectativa desde el inicio. La apertura es, sencillamente, grandiosa. Rebeca Linke, el día que cumple 30 años, harta de sentirse vacía y ahogada por la nada, se desnuda y se corta la cabeza con una daga que tiene escondida entre las páginas de su libro de cabecera. Como si se tratara de un fruto pesado, deja que la testa ruede por el suelo, sin sentir por ello pena o alegría alguna, y sin inmutarse por la cantidad de sangre que mana del corte. A continuación, la coloca en un soporte y observa la “insólita metamorfosis”.

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