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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
colección Marte nº 9
13 x 21. 156 páginas
ISBN: 978-84-949666-6-8
DL:V1346-2019
14 euros

 

Portada Poesía y locura en la obra de Leopoldo María Panero
Poesía y locura en la obra de Leopoldo María Panero
Leopoldo María Panero

Desde Ediciones Contrabando nos permitimos el inmenso placer de invocar al espíritu de Leopoldo María Panero… ¿Leopoldo?, ¿Leopoldo?, ¿estás ahí?, (se escucha el sonido de un pelícano), perfecto, aquí estás, gracias, muchas gracias Leopoldo; Leopoldo, nos hemos tomado la molestia de volver a poner en circulación un poemario tuyo prácticamente inédito y descatalogadísimo —El globo rojo— celebrando esa fecha que a ti te importa un pito y a nosotros menos pero que en el imaginario de la civil vil vil vil lización está de lo más sofisticado ahora, los treinta, la treintena, treinta años de desencanto ahora que todos los niños son chefs, ya sabes de qué tortura hablo; pero celebramos treinta años de que estos poemas no se conozcan y en tu mirada glauca, Leopoldo, en tu pose de cementerio, allá donde siempre quisiste estar y allá a donde nosotros vamos aunque realicemos estos vanos gestos, brindamos con esta copa por ti, sabemos que esta invocación sólo nos va a traer bueno; y al respetable, a ti lector/a que compras esta humilde pieza de reciclaje o arqueología pirata, que sepas  que los beneficios de esta primera edición van a ir para la Asociación Podem de Llíria y su proyecto de vivienda tutelada El Mas del Mussol, a la que le tenemos mucho cariño y en donde nos parece que están ejerciendo una labor mondragoniana. 

Esta edición se completa con un emotivo prefacio de Wences Ventura, con fragmentos de los Poemas del manicomio de Mondragón, con la última entrevista a su hermano Michi y con un collage panerista desencantado realizado por Miguel Blasco. 

Veo que Leopoldo alza su lata de Coca Cola y, sin más, os dejamos con Él. 

Leer prólogo

 

Leopoldo María Panero (1948—2014)

“Soy el negro, el oscuro: ardiendo está mi nombre”. 

 

 

 

 


Reseñas

 



 

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Prólogo de El globo rojo (una antología de la locura)

                        ME DIRÁS QUE ESTOY LOCO,
o el significante a la búsqueda de la pronunciación perdida. 

  Hay algo que ha olvidado la mitología de lo serio (la política, la psiquiatría, la ciencia); ese instante, ese momento discontinuo en el que el lenguaje es hablado, tocado por una emoción o como se dice psicoanalíticamente un afecto. Ese es el lenguaje en lo que tiene de rompible, la razón que se dice se pierde, en la lucha entre conciencias, en el combate cotidiano de ellas en el mundo, en donde, como decía Hegel, “cada conciencia busca la muerte de la otra”. Lo mismo que la envidia, que desea el cerebro del otro, en lugar de emularlo o competir con él, es un acto de canibalismo simbólico, la dialéctica a la que nos referimos es un ejercicio de decapitaciones. Es esta guerrilla del lenguaje, cuyo concepto falta a la idea del discurso lineal o saussuriana “linealidad del signo”, la que nos lleva a la locura. 

  Lo otro es la conciencia filosófica intacta por cuanto intangible, más allá como Dios de lo real y por ello inexistente. Es por ello quizá por lo que se tiene miedo a perderla, por cuanto no existe, y aparte de ella no hay otra. La conciencia filosófica es una conciencia narcisista que busca ser idolatrada, pero que nunca accede a ser una realidad enfrente de otra. Es decir, que nunca se realiza, que nunca desciende a la realidad que mella a la idea y en donde la palabra se desgasta y se anula. Y cada cultura tiene su idea de realidad, siendo ésta nada más que un modelo de orden entre otros modelos de orden, una enumeración dispar, como las de Borges. Un hombre puede estar loco en París y cuerdo en Guinea, o razonable en Reully Diderot para Mercedes y loco de remate para el barrendero del Metro Louvre, que le ve hablando solo con Mercedes. La antropología, sin el mito del hombre que rompió el estructuralismo, no es más que el principio de la relatividad cultural y el verdadero fin de la filosofía como razón única. 

  Del mismo modo, el habla realiza el fin de la lengua, rompiendo la máscara sintáctica para abrir el paso a las interjecciones, a los puntos de admiración, a las designaciones, a la violencia del lenguaje, que es la que, rompiendo la seriedad, lo pone como vehículo y no como límite del deseo. Convirtiendo así el lenguaje en algo cercano a la locura, en donde la indiscutibilidad de aquél viene de estar por entero al servicio del pathos, de la emoción, casi tanto como un mantra o un conjuro de aquéllos sin traducción que gustaban a Artaud en Rhodez y que son el único significante que nos cabe encontrar. Ello si es verdad que el significado lacaniano (no saussuriano) es lo que de irreductible al significado hay en el lenguaje, su radical exterioridad y su pureza material. La pronunciación atea, sin dios, no ligada a cualquier trascendencia gramatical o semántica. Como la mala poesía que, queriendo ser buena y, al equivocarse sabiamente, construye un signo propio y una lengua ajena. 

  Si es verdad que el discurso es el discurso del otro, éste ha perdido su referente y por ello, al desviarse ha devenido literatura pura, algo parecido a lo que los brasileños (Cabral de Melo Neto entre otros) intentaron en la poesía concreta: el irreductible canto de la cabra, el canto a palo seco, el cante sin meis nada

  Con la locura, como con la verdad, no se puede discutir. La verdad aséptica del psiquiatra, que quiere llenar lo que nos falta, encuentra su envés grotesco en este significante puro y vacío que “construye sus propias leyes/como un castillo en el vacío”, como decía yo en uno de mis poemas de Teoría. Poesía de la locura quiere decir poesía opaca, dura, impermeable al signo, a la razón, semejante todo lo más a la pintura abstracta en la que, como dice Txema Sarasúa, un enfermo de aquí, “el golpe -el trazo- tiene falta de cultura/y con él mismo no se razona. Y se ve por él mismo al buen pintor” como en una estética sin referente, sin ni siquiera el espíritu como tal, nada más que un bello pesanervios, la obra en negro, la locura como creación de un alma. Como decía Otto Rank, el neurótico es una creación artística, una obra de arte, un nuevo tipo de hombre salido, construido de todos los retazos inservibles para otra cosa que para la poesía. Porque si es verdad que el inconsciente se dibuja en la conciencia alterada del sueño, el superhombre no es hermoso como no son hermosos los sueños, es un monstruo como todo aquel que se comprende a sí mismo. 

  La conciencia que interpreta mina la realidad, y es así que la conciencia interpretativa (Nietzsche, Freud, Marx) forma otra manera de ser, una alteridad de la conciencia, una realidad divergente, un nuevo modelo de orden. Y es por eso que puede decirse que con Deleuze ha venido el Anticristo, y que su lenguaje es el de lo infinito y sin límites del cuerpo que conduce a otro cuerpo, del yo que entre los árboles se forma, cuyos pies son rojos y cuyos ojos son negros. Que es el fin de la ética del sufrimiento. Y el principio de la era del placer; del gozo y de la lucha, del reencuentro del hombre consigo mismo, en el lugar donde nunca estuvo. Porque era aquél el lugar -el cuestionamiento del sujeto, la subversión del yo- donde la palabra lacaniana nos llevaba a Signorelli, del que todavía falta mucho por reencontrar en ese nido feroz del cuco en donde ninguna palabra es extraña si alguien la dice y me convida al deseo. Porque el sentido de la palabra no es abstracto, sino que viene del otro, de su entonación o de su pronunciación, y no de la escritura. 

  Lo que importa es saber quién o cómo lo dice, y que la indagación del pathos sustituya al discurso “mismo” que no se sabe dónde está. Nada se pierde fuera de la conciencia filosófica, de la idea extraña a la palabra y de la palabra ajena a la cosa, en donde hacía ya tiempo que se nos moría el pensamiento.  

  LEOPOLDO MARÍA PANERO