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Novela
14 x 21 cm. 192 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-948468-0-9
DL: V-2586-2018
PVP: 12 euros

Portada Entre el fusil y el corazón
Entre el fusil y el corazón
Jeremías de León

Entre el fusil y el corazón abre las puertas de la literatura a la expresión viva de la voz de alguien que durante toda su vida no ha sentido sido las mofas oficiales de quienes le negaban la condición de poeta. Con raíces en una etnia maya cuya lengua casi ha desaparecido, Jeremías de León, poeta enamoradizo y sensual, bohemio de curda y marihuana, lector de tratados filosóficos de estética y buscador incansable de la esencia de la belleza, pobre de solemnidad hasta acabar buscando en el ejército un refugio contra la miseria, recoge en este libro sus experiencias y sus fabulaciones, a la espera de que un editor tan loco como él quiera convertirlas en libro.

Con introducción del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, este libro sorprenderá e incluso enamorará a muchos lectores, siempre que dejen de lado la solemnidad y se acerquen sin prejuicios a una prosa que bordea pero nunca se despeña en las arenas movedizas y azucaradas del lenguaje popular y sentimental. Un libro plagado de aventuras insólitas y amores perdidos. Una voz que el lector tardará en olvidar.

Leer Prólogo de Rodrigo Rey Rosa

 

Jeremías de León

“A veces, desde la comodidad de mi estudio con vista a los volcanes, recuerdo al poeta Jeremías. Cuando lo conocí era un chico de menos de veinte años que se presentó en la capital para un concurso de literatura en lenguas mayas. El joven poeta provenía, si mal no recuerdo, directamente de un centro de detención juvenil, acusado de posesión de mariguana; acababan de ponerlo en libertad. Con su morral de tejido maya al hombro y abultado con libros, se acercó a presentarse. Delgadito y tímido, me pareció la imagen de la fragilidad. Era de origen mam, me contó. Había enviado al concurso un poemario que no fue premiado, pero quería darme a leer otros textos que acababa de escribir en español —la lengua que leía y dominaba (no conocía textos en la lengua de sus abuelos)— y así terminamos por intercambiar direcciones electrónicas”. (Prólogo de Rodrigo Rey Rosa)


 



 

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EL POETA KAIBIL

Rodrigo Rey Rosa

A veces, desde la comodidad de mi estudio con vista a los volcanes, recuerdo al poeta Jeremías. Cuando lo conocí era un chico de menos de veinte años que se presentó en la capital para un concurso de literatura en lenguas mayas. El joven poeta provenía, si mal no recuerdo, directamente de un centro de detención juvenil, acusado de posesión de mariguana; acababan de ponerlo en libertad. Con su morral de tejido maya al hombro y abultado con libros, se acercó a presentarse. Delgadito y tímido, me pareció la imagen de la fragilidad. Era de origen mam, me contó. Había enviado al concurso un poemario que no fue premiado, pero quería darme a leer otros textos que acababa de escribir en español —la lengua que leía y dominaba (no conocía textos en la lengua de sus abuelos)— y así terminamos por intercambiar direcciones electrónicas.

A partir de entonces comenzó a mandarme relatos, ensayos sobre estética literaria (fruto de lecturas en bibliotecas provincianas: Aristóteles, Goethe y Eckerman, Jean Paul Richter, Croce, Menéndez Pidal) y, sobre todo, cartas con anécdotas de su vida en San Marcos, que está en tierra fría, cerca de la frontera mexicana. Noches de una bohemia muy modesta, con aventuras con colegialas, con extranjeras, turistas o cooperantes intrépidas, borracheras de arrabal y alucinaciones románticas y mucha desesperación, sobre todo del orden económico.

Hace cosa de dos años recibí un correo suyo que no dejó de alarmarme. En vista de que en San Marcos resultaba imposible ganarse la vida con un empleo que le permitiera dedicarse a la literatura, y donde su labor de poeta era vista con desprecio, no sólo por su familia sino por sus pares —excepto algunos rockeros o aspirantes a artistas y otros renegados marquenses—, Jeremías había decidido ingresar a las filas del ejército nacional como aspirante a las tropas especiales de los temibles kaibiles, “máquinas para matar” de manufactura local. Creo que le pregunté si la carrera militar no sería un proyecto demasiado peligroso hoy en día en Guatemala, pero él ya estaba decidido.

Comenzó a mandarme largos correos electrónicos, en ocasiones en que estaba de baja, desde los pueblos cercanos a los destacamentos kaibiles a los que iba siendo destinado. Alcanzó, en año y medio, el grado de sargento especialista en radiocomunicaciones. Participó en alguna represión de manifestantes antiminería a cielo abierto en un pueblo del altiplano. Mandó fotos de él mismo —ahora muy fornido— en traje de fatiga, camuflado para la selva, el pesado radio de combate a las espaldas y fusil en ristre. Patrulló durante semanas la frontera selvática entre Chiapas y El Petén. Salió vencedor de una pelea cuerpo a cuerpo con otro sargento. Se casó con una muchacha de su pueblo. Comenzó a escribir una novela…

Hoy recibí este correo:

“… Me agrada poder volver a escribirle, y si estuviera cerca le daría un buen apretón de manos. Me he salvado de morir y eso me hace ver las cosas de forma diferente. Cruzaba el río Suchiate cuando una correntada me botó y me arrastró casi medio kilómetro. Estaba a punto de darme por muerto, cuando tuve una visión de mis cuadernos de notas que flotaban río abajo. “Mi novela”, me dije a mí mismo. Ahora pienso que si no le mando lo poco que he corregido de la novela que le mostré hace meses, nunca lo haré. ¿Querrá alguien publicar esas páginas? En el destacamento soy casi una leyenda por seguir con vida, pero no sé, aún sigo confundido. Por suerte a mi fusil no le pasó nada y no perdí una sola bala…”

Estoy por leer la novela, pero ya envidio un poco el des-tino de Jeremías, el poeta kaibil, que en un momento de peligro mortal se preocupó más por sus cuadernos que por su fusil y sus balas o por salvar la vida.

Ciudad de Guatemala, 2014