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ediciones contrabando
Narrativa 15
14x21 cm; 214 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-947776-3-9
DL:V-653-2018
PVP: 14 euros

Portada El último Gin-tonic
El último Gin-tonic
Rafael Soler

Rafael Soler, uno de los escritores más audaces de nuestras letras, relata con ironía, realismo y algo de humor negro los "últimos días" de la vida familiar de los Casares, expresión simbólica de un mundo que camina festivamente hacia el precipicio.

Lucas y sus tres hijos (bíblicamente bautizados como Marcos, Mateo y Juan) parecen encarnar –bajo la acerada y pletórica pluma de Soler– esa clase de seres que bien podría protagonizar una moderna "última cena", con sus ritos de traición, culpa, dolor y sucesivos brindis de despedida a dentelladas, como las de los elefantes marinos patagónicos en sus luchas por el harén.

Si como decía Tolstoi "todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera", Rafael Soler esquiva hábilmente el dilema y recrea un universo familiar donde ni la felicidad ni la desdicha son absolutas, sino estados transitorios y fugaces que dilapidan la alegría y la desgracia entre copa y copa. Aquí el amor, la muerte, la soledad y el desconsuelo se disuelven como el hielo en el "último gin-tonic".

Novela apasionante y apasionada, donde el lenguaje lo decide todo y se ensaya una construcción narrativa original y vigorosa, con diálogos certeros, secuencias cinematográficas, correos electrónicos, encuentros cuerpo a cuerpo y confidencias de bar, El último gin-tonic es un ejercicio de auténtica literatura, un nuevo "tour de force" de un autor que no teme el riesgo.

Rafael Soler (Valencia, 1947), autor imprescindible de la literatura en español, es poeta y narrador, una voz tan singular como adictiva que abre con este libro de ritmo furioso un camino nuevo, en el filo de una realidad que se disfraza a veces con la máscara del esperpento.

Leer Capítulo 1

 

Rafael Soler (Valencia, 1947) es uno de los principales exponentes de la explosión cultural y literaria de los años ochenta, autor de libros de marcada personalidad y estilo inconfundible que abarcan poesía, novela y relatos. Su obra ha recibido diversos y muy notables premios y ha tenido una importante recepción crítica. Leer más 

 

 

 


Reseñas

 



 

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                                      Lucas

 

SALUDOS DESDE PUERTO MADRYN, ARGENTINA

FECHA............... 5 febrero 2018

DE..................... Diego Wiekmann

PARA.................  Lucas Casares. 

 

  Estimado amigo:

  Ha pasado mucho tiempo desde que usted y sus tres hijos nos visitaron aquí, en Puerto Madryn y la Península Valdés. Espero me recuerde de aquel viaje, yo fui su guía de turismo, y viajamos en el coche de mi vecino Lito, con el que ya no trabajo por razones que luego contaré. Fue muy lindo compartir con ustedes esos días y tener la oportunidad de disfrutar de la fauna, y en especial de los pingüinos y el acercamiento a los elefantes marinos, observando la pelea de dos machos por el harén, algo que ocurre muy seguido durante la época de reproducción, pero que no siempre se tiene la fortuna de ver en el preciso instante en que se llega a ese lugar, y además contemplarlo tan de cerca.

  Recuerdo las espectaculares imágenes que tomó usted con su cámara de vídeo. Fue una dura pelea. Como entonces le expliqué, un solo macho acapara a todas las hembras disponibles, creando así en los más jóvenes la condición de periféricos, un destino cruel que consiste en ayunar cerca del harén al acecho siempre de un descuido del sultán. Cuanto más poderoso es un sultán, más grande es su harén, y mayor el nœmero de periféricos que aguardan su momento para atacar por la disputa de una hembra. Son peleas a fondo, que dejan a los contendientes exhaustos ante la indiferencia de ellas, que dormitan o se ocupan de sus crías. Usted lo grabó todo, y puede decirse que fue una jornada completa, pues al regreso bebimos mate y acabamos con la torta de lentejas que mi esposa María había preparado. Gustó tanto a sus hijos que a la noche quisieron repetir, ya en mi casa. María disfrutó con su compañía, y si no brindamos más fue porque se acabó el vino, nunca la intención.

  A la mañana siguiente usted se indispuso, y no pudo ver la colonia de pingüinos, que estaba en aquellos días con los nidos llenos. Sus hijos hicieron fotos, y no presenciaron ninguna pelea porque los pingüinos son tiernos y pacíficos, y es la hembra la que manda, como ocurre siempre que la madre naturaleza se confía. Así que poco se perdió con la excursión, y nada con los pingüinos, pues recordaré que al despedirnos le llevé mi colección favorita de postales, que espero conserve, todas con su animalito. Una forma como otra cualquiera de mostrar mi agradecimiento y afecto, que se vio correspondido con aquella propina inesperada que eran, en realidad, seis sueldos, una desmesura ante la que no supe reaccionar, por mucho que usted insistiera en que era solo una ayuda para comprar mi propio coche. Cosas así ocurren una vez en la vida, y usted me dejó con aquel sobre millonario una duda y una congoja. La duda, que todavía hoy mina mi frágil sueño, sobre mi acierto al aceptarlo; y la congoja que sentí entonces por prescindir de Lito, que dejó su condición de socio para quedar en amigo atribulado.

  Lo que no podía yo imaginar entonces, al regresar a casa, es que perdería a Lito por derecho y de una vez. Algo tuvo que ver María, deseosa de aliviar su culpa con una confesión que encendió en mí esa furia que conocí de joven, bullidora de sangre y mala consejera. Tenía María el hablar suave cuando contó que me había sido infiel. Allí mismo, explicó sin rubor, entre las cuatro paredes de adobe que levantamos juntos. Habló con franqueza, y sus ojos no denotaron arrepentimiento alguno; antes bien, una severa determinación mostraban los ojos de María al contar aquella traición sin nombre, pues ni quiso darlo, ni yo se lo pedí.

  Verá. Ocurre que Lito, además de amigo, y socio, y vecino, es viudo. Una desgracia que él sobrellevaba con ese carácter suyo, reservón, irónico y con retranca. Desde que dejara el luto, María se ocupaba de su ropa, una caridad que él agradecía con pequeñas bolsas de mate, pues Lito nunca fue de mucho regalar. Total, que entre pantalones por zurcir y camisas que pedían tres coladas, Lito acabó siendo uno más en casa estando fuera yo, porque este negocio no perdona horarios y el remojo de sus prendas, al parecer, tampoco. Así que cuando María vació su conciencia llenando la mía de amargura, las piezas encajaron sin que ella pasara por la vergüenza de delatarle. Cogí la escopeta, que usted vería en su visita sobre la chimenea, y pasé a su casa para soltarle un tiro, primero, y después cuantos fueron necesarios. Gente así bien merece el gasto de cien balas.

  Disparé tres, fallé dos, Lito quedó herido en una pierna y yo acabo de salir de la cárcel, tras una condena que iba para cinco años y ha quedado en dos a base de tejer sombreros de palma, no levantar jamás la voz y mostrar una sumisión que está más cerca de la astucia que del arrepentimiento. 

  Entenderá que motivos hay para tanto retraso en este correo que por fin le envío, todavía sin mi primera ducha en libertad, y tras una charla con Lito, que me guarda rencor pues nunca se acostó con María, dice, algo que ella no puede desmentir pues salió de nuestras vidas para nunca más volver. Lito me ha recibido con la ira del justo en los ojos, que es una ira asentada y terrible, y me cuenta que no hace falta María para conocer la verdad si le tenemos a usted. Una afirmación rotunda, que tardé en comprender hasta que habló de su predilección por los puros pequeños holandeses, presentados de a cinco en cajitas metálicas. Lito es muy observador, y según dice vio una sobre la repisa cuando fue a recoger la ropa y estaba yo con los pingüinos.

  Así que he vuelto a la casa con la zozobra que imagina, y que es poca con la que realmente sentí al comprobar que todo seguía en su sitio, pues María se fue con lo puesto, dejando atrás nuestra vida en común, no siempre dichosa. Tenía el aire un olor rancio, y cuando abrí las ventanas para ventilar mi pasado torpe y mi futuro incierto la luz se posó en la cajita metálica. Guardaba un solo puro, que se deshizo con humildad entre mis dedos.

  Yo le vi fumar en casa, desprecintando la cajita para prender un cigarro entre sorbos de aguardiente. Pero quedaban entonces cuatro más, y volvió al bolsillo izquierdo de su chaqueta de cuero. También yo soy observador, y en ese punto, dudas, ninguna.

  Dice Lito que al disparar me equivoqué de periférico, y que usted regresó al día siguiente para continuar su velada con María. Dice también que su indisposición era una argucia, y mi propina una forma de acallar su conciencia culpable. Lito es de la pampa, y nunca habla por hablar.

  Y yo le pregunto: ¿tiene razón Lito? Comprendo la incomodidad que pueda causarle una cuestión así, pero confío que entenderá la mía. Aquí nadie fuma puritos holandeses, y todos, que yo sepa, respetan a la mujer ajena. Usted fuma. ¿Respeta a la mujer ajena? Más concretamente ¿respetó a la mía? Si así fue, disculpe la imprudencia, que nace de mi deseo por conocer cuanto pasó mientras yo visitaba la colonia de pingüinos, y usted se reponía de una indisposición tan leve.

  Por si su respuesta es otra, le pido la amabilidad de un número de cuenta donde ingresar de vuelta el importe de su cheque. No lo tome como nada personal: es mucha la competencia ahora, y pienso trabajar por cuenta ajena.

  Le adjunto también la receta que nos pidió de la torta de lentejas, y que María habrá cocinado para usted con mucha frecuencia en estos años que llevan juntos si, como temo, Lito tiene razón una vez más.

  Quedo a la espera de sus noticias, y que el diablo les confunda si optan los dos por el silencio.

  Atentamente  

                                                                            Diego Wiekmann

                     

                                  TORTA DE LENTEJAS    

  - 1 taza de lentejas hervidas

  - 2 yemas de huevo

  - 3/4 taza de aceite de girasol

  - 1/4 taza de agua 

  Licuar estos ingredientes, y luego agregar:

  - 1 1/2 taza de azúcar

  - 3 cucharitas de Royal

  - 1 cucharita de vainilla

   Agregar las claras a punto de nieve de los 2 huevos. Hornear.

Lucas respiró hondo por tres veces, los dedos de su mano derecha depositados en la frente estupefacta.

Volvió a leer el nombre del remitente: Diego Wiekmann, el guía de la sonrisa franca y las copiosas anécdotas sobre la fauna ártica, en sus ojos azules un guiño hospitalario y las manos siempre recogidas a su espalda. Diego ahora resurrecto, y él apurando el café del desayuno, que había perdido su sabor. 

-Cuando quieras- escuchó a sus espaldas el ofrecimiento de María, y Lucas supo por el triste reloj de la pantalla que tenían el tiempo justo.

-Vámonos- replicó, alzando la voz mientras releía la composición de aquella receta que había aparecido en su correo con la violencia de un disparo.

Cerró el ordenador. No podía cerrar con un gesto siquiera parecido su pasado reciente, ni su parar titubeante en este mundo alborotado, así que se aplicó en apagar con esmero y contenida preocupación aquel trasto que tantos disgustos prodigaba con su teclado color ámbar.

-Marchando- repitió con voz neutra al escuchar el taconeo de María en el pasillo. 

Sin maquillar, recogido el pelo en una sencilla coleta que despejaba su frente de preguntas, entreabierta la blusa y su contraste con una piel siempre morena y a veces accesible, María le recordó de pronto a los manteles desplegados en las mañanas con viento de Puerto Madryn.

Olía a limón, aproximadamente, porque los olores que acompañaban a María eran siempre muy impredecibles, como su genio y la posición de sus piernas al sentarse.

                                              * * *

Camino del plató, Lucas y María intercambiaron tres silencios y un suspiro, una conversación habitual desde que ella se instaló en el salón durante el día, con un cuaderno de anillas y una jarra de té helado que perdía con las horas su vigor; y en la terraza, de noche, escuchando música de jazz mientras él cambiaba de humor y de canal.

En su primer silencio de casi dos minutos, Lucas nada dijo de aquel correo inesperado que abrió con cautela y leyó con la natural aprensión del que se sabe en deuda, aunque viniera precedido por un apaciguador "Saludos". Tan impecable en su forma como implacable en su lacónica descripción de los hechos, su autor disfrutaría ahora de un alivio merecido, y Lucas dedicó el segundo cincuenta y nueve de su primer silencio a una rápida evocación del rostro confiado de Diego Wiekmann, incrustado en el paisaje de aquellas tierras hoscas donde el viento sacudía despiadado las conciencias.

Había poco tráfico, y Lucas correspondió al primer silencio de María con un suspiro corto, que escurrieron sus labios cuando ya el coche se detenía en el semáforo. Una joven con perro y zapatillas blancas les dedicó al cruzar un vistazo desprovisto de interés.

-Dale- se impacientó ella cuando el disco pasó a verde, y Lucas se limitó a dar un suave pisotón al acelerador, para que todo volviera a su lugar, dedicando a María su segundo silencio mientras enfilaban la avenida que conducía a las afueras. 

Un silencio, en este caso, diferente a todos los que jalonaron su relación durante aquellos dos años que habían transcurrido demasiado deprisa para ambos. Un silencio que ocultaba entre los pliegues su miedo más íntimo: perder a María por un traspié inesperado del destino. Como estaba conduciendo un coche automático, Lucas pudo dar más énfasis a su segundo silencio del día, desplazando su mano derecha a la falda de María, primero, y más concretamente a sus rodillas, después, enfundadas en unas medias color salmón que le cerraron con firme suavidad el paso.

El tercer silencio le duró a Lucas los doce minutos que necesitó para alcanzar el estacionamiento reservado. Pudo así evocar su llegada a Puerto Madryn en el viaje regalo de sus hijos, cuatro billetes para cambiar de aires y el mundo por montera. El mundo resultó ser un poblachón con más pingüinos que paisanos y un tibio sol iluminando los ariscos perfiles de aquella costa hospitalaria donde cabían todos. Así lo explicó Diego Wieckmann al ofrecer sus prismáticos: "cada uno en su sitio, cada cual a lo suyo". Fuerte, bien calzado y embutido en una vieja cazadora, les condujo después al mirador para que pudiesen contemplar la piel lustrosa del sultán, equidistante de la orilla y un ruidoso grupo de hembras jóvenes. "Cada uno en su sitio", ratificó Lucas apagando en la roca su cigarro; "cada cual a lo suyo", señaló Diego Wieckmann el cauteloso avance de un periférico.

Comenzaba a llover, y en aquel silencio compartido que ya duraba demasiado, distraída María con el vaivén del limpiaparabrisas, Lucas dejó que su rostro se fundiera con el de aquella mujer que les dio la bienvenida sin quitarse el delantal, María ahora al encuentro de un plató y cinco cámaras, María entonces preparando a la carrera un guiso de conejo. Transcurrió la cena entre datos amables que Diego escanciaba con el vino, y educadas preguntas de los inesperados visitantes, María del comedor a la cocina, sonriente y servicial siempre, esperando el momento de los postres para tomar asiento junto a unos compatriotas que a la mañana siguiente dejarían en las manos de Diego su olvido y su propina. Por tres veces cruzaron al descuido sus miradas, y con intención la cuarta. Buscó primero María los aledaños de su mirar inquieto, para anclar después los ojos en los suyos, cazados por sorpresa ante un advenimiento así, que todo presagiaba. Separados por setenta centímetros de mesa, frente a frente como un colegial y su recreo, dedicaron el resto de la noche al pespunte y al soslayo, pendientes de un caer de la pestañas y el guiño apenas insinuado del iris, un órgano que no es tal y habita en algún rincón del globo ocular, como el deseo en los labios que se abren poco a poco, entre dos sorbos de mate, por ejemplo, mientras atizaba Diego el fuego y él insistía en brindar por los ausentes, que son siempre demasiados. Apuraban la torta de lentejas cuando María deslizó su pie descalzo al encuentro de su bota, ascendiendo por ella hasta alcanzar con esfuerzo el pantalón para un requerimiento urgente, que sabia completó con un asentimiento de cabeza.

Al salir del coche, Lucas decidió por fin mostrar su lado más locuaz.

-Mucha mierda- dijo con intención, y Mar’a correspondió con una frase larga y una sonrisa más corta todavía.

-Gracias.

Había empezado a llover. Gotas con buen talante, en apariencia inofensivas, de las que llenan un río y un domingo.