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Novela
15 x 21 cm. 394 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-947776-1-5
DL: V-3194-2017
PVP: 15 euros

Portada Treinta años de invierno
Treinta años de invierno
Fernando Navarro Tarín

Tras pasar treinta años en la cárcel por un delito que no cometió, Facundo vuelve a su pueblo, ya anciano y sin afán de venganza, con la única intención de saber la verdad de lo que ocurrió la aciaga noche en que el destino truncó su existencia.

Pero el camino hacia esa verdad oculta es largo y está lleno de historias. Sólo rastreando minuciosamente el pasado será posible alcanzar el sentido último de una intriga en la que se entrelazan personajes, conflictos y escenarios de lo más variopinto. Desde el mundo de la farándula al de la judicatura, desde el México profundo al barrio moro de Melilla..., nos iremos adentrando paso a paso en el universo de unos personajes llenos de vida, esperanzas y pasiones truncadas.

Una novela llena de peripecias y aventuras, de retratos mordaces y situaciones violentas, en la que se dirime el conflicto sempiterno entre legalidad y moralidad.

Leer Capítulo 1

 

Fernando Navarro Tarín (Cheste, 1953). Nieto e hijo de médicos. Estudió el bachillerato elemental como alumno interno en el colegio de La Salle de Paterna y el superior en los P.P. Agustinos de Valencia. Licenciado en la facultad de Medicina de la Universidad de Valencia. Trabajó como médico en el Instituto Social de la Marina y en la actualidad es médico de Atención Primaria de la Generalitat Valenciana. 

Las experiencias adquiridas a lo largo de sus viajes por los cinco continentes quedan reflejadas como pinceladas a lo largo de su obra. Su pasión por la literatura le ha llevado a descubrir grandes escritores: Thomas Mann, S. Zweig, Coetzee, H. Hesse, Cela, Kafka, Benet, Gogol, Ibargüengoitia, Vargas Llosa, Javier Marías, etc.

Ha publicado tres novelas antes de esta: La mujer azul (2010), Locos de atar (2011) y Confidencias (2014). 


 



 

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MONZÓN SALE DE LA CÁRCEL

 

Todo empezó así, o, mejor dicho, todo acabó así. A mediodía del diecinueve de agosto de 2014, a las doce en punto de la mañana, Facundo Monzón abandonó la penitenciaría. Ese día había cumplido ochenta años.

En el momento en el que los funcionarios Cotanda y Colmenero
abrieron el portón, acostumbrado a la húmeda penumbra del recinto, quedó cegado por una luz canicular. Por primera vez en treinta años pisaba la calle y, durante un buen rato, se detuvo a observar con insensible frialdad la enorme explanada repleta de coches y gente que deambulaba de un lugar a otro, indiferente a la insensible crueldad que escondían aquellos fríos muros. Se sintió insignificante en aquella plaza, que apenas se parecía a la que recordaba de años atrás; sin embargo, aun con la certeza de que nadie le estaría esperando, su primera impresión fue de soledad.

Unos días antes, por medio de una escueta carta, notificó a su amigo Santos que su condena había llegado a su fin, pero le suplicó que nadie fuera a recibirle, ni siquiera Martina, a la que debería transmitir su deseo. Desde el mismo día de su encierro, por propia voluntad, se negó a recibir cualquier tipo de correspondencia o noticia proveniente del exterior, por lo que ignoraba si todavía seguían vivos. Superados los terribles primeros meses de reclusión, consiguió adaptarse a la impenetrable severidad del penal y, con el paso del tiempo, incluso logró establecer una relación más que aceptable con sus carceleros. Colmenero y Cotanda habían llegado a conocerle lo suficiente como para pensar que la suya había sido una condena injusta. En innumerables ocasiones le aconsejaron, y hasta le imploraron, que recurriera la sentencia, pero, incomprensiblemente para ellos, se negó a escucharles.

Sólo recibió una visita en los seis lustros que duró su encierro, la de su amigo Santos. Fue poco tiempo después de su ingreso y, tras una triste y breve charla, le pidió que intentara olvidarle, que no volviera nunca más y que se lo hiciera extensivo a Martina de su parte. Había llegado a la conclusión de que era mejor dejar las cosas tal y como estaban, removerlas sólo agravaría más su sufrimiento. Desde el momento que escuchó el fallo condenatorio, quedó convencido de que en aquel lugar estaba escrita su tumba y que su única salida sería con los pies por delante.

Se vistió con la ropa que acababan de entregarle en una caja junto a sus enseres personales, la misma que llevaba cuando ingresó en aquel frío, lluvioso y detestable día de invierno. Una chaqueta y un pantalón de pana gruesa que chocaban con las elevadas temperaturas de un verano que se había presentado precipitadamente caluroso. Al girarse se vio reflejado en el cristal de la puerta y encontró a un anciano al que le costó reconocer. El paso de los años lo había ido consumiendo y se sintió ridículo con una vestimenta tan excesivamente holgada que temía poder perder en cualquier momento.

Lo mismo le ocurrió con la camisa, varias tallas superior a la que utilizaba ahora y cuya blancura era un rancio vestigio de la que debió ser en su día. Sin opción donde elegir, se calzó los pantalones, se arremangó la camisa por encima de los codos, dobló la chaqueta sobre su brazo izquierdo y se dispuso a salir.

Se ajustó el reloj sobre la muñeca izquierda, se guardó una medalla de oro en uno de los bolsillos y buscó en la cartera su carnet de identidad. Observó que estaba caducado, pero no le importó. Firmó un albarán como justificante de que todo estaba en orden y le dio cuerda al reloj. A continuación le entregaron una nota con el número de una cuenta corriente de la Caja de Ahorros a su nombre con un saldo de veinte mil duros, los que dejó en custodia el mismo día de su internamiento. Era parte del capital que guardaba en casa cuando lo detuvieron y cuyo propósito era entregárselo a Martina, pero, al no permitirle contactar con ella, se lo guardó en el bolsillo. Colmenero le informó que en la sucursal del lado opuesto de la plaza le entregarían su dinero convertido en euros y Cotanda lo despidió con un saludo militar alzando su mano derecha hasta la visera de su gorra.

Facundo les respondió con un tímido adiós mientras se disponía a cruzar la calle. Fue alejándose lentamente, sin prisa, deseaba saborear el incalculable valor de la libertad. Se sentía incómodo en una ciudad en la que parecía un extraño pero siguió caminando, obedeciendo los consejos de sus carceleros, hasta la ventanilla del banco, donde le solicitó al cajero que le entregara su dinero. Se quedó decepcionado por la escasa cantidad de euros que recibió a cambio, pero se los metió en el bolsillo sin contarlos siquiera.

Atravesó la explanada hasta el cauce del río donde se detuvo un buen rato observando a unos pescadores que lanzaban el sedal de sus cañas sobre el agua. Cerró los ojos y deseó que se hiciese eterna aquella plácida quietud. Los abrió de nuevo, inspiró una profunda bocanada de aire y dirigió sus pasos bajo la tupida sombra de las acacias. Anduvo durante horas contemplando la ciudad, ensimismado por el sorprendente paisaje. Cuando pudo darse cuenta, se hallaba junto a la escollera, muy cerca del puerto. El tiempo transcurrió tan rápido que parecía haber volado como una pluma mecida por el viento. Se sentó sobre una piedra frente al mar y contempló las olas rompiendo sobre las rocas y los barcos amarrados a los muelles con sus enormes maromas. Con cierta inseguridad, por la espesa circulación, recorrió el malecón hasta la playa donde se quedó sorprendido por la cantidad de gente, sobre todo mujeres, semidesnudas o con diminutos bikinis, tumbadas al sol sobre la arena.

Sólo había visto algo semejante en los calendarios o en las revistas que circulaban entre los reclusos, pero nunca en su propia ciudad. Disfrutó mirándolas, aunque le pareció un espectáculo demasiado frívolo. De su juventud sólo las recordaba tan ligeras de ropa en alguna película o en las pocas ocasiones que fue de putas con sus amigos. Un camarero le invitó a sentarse en una de las mesas que acababa de quedarse libre en la terraza de su restaurante. Estaba retirando los restos de los anteriores ocupantes en una bandeja cuando le sugirió una cerveza mientras le daba a elegir entre el menú de la carta. Le resultó tan atractivo y sorprendente el panorama que no supo negarse y, frente al mar, acariciado por la agradable brisa marina, bajo la sombra de un gigantesco ficus, se sintió libre por primera vez. Cuando apareció el camarero con la cerveza le vio dudar y le sugirió una ensalada y mero fresco del día. Facundo no acababa de decidirse entre tantos manjares y le pidió una tortilla de patatas, la más grande que tuviera. Se la sirvió al instante junto a otra cerveza y más pan que devoró con avidez. Después de saborear un humeante café, permaneció casi dos horas intentando comprender el trasiego de aquella marabunta.

A la hora de pagar sacó varios billetes y se los entregó al camarero. Era la primera vez que utilizaba euros por lo que le costaba entender su verdadero valor. Poco a poco se fue vaciando el restaurante hasta que se quedó solo en la terraza. El camarero se acercó para ofrecerle otro café, que rechazó con la cabeza; sin embargo, aprovechó para preguntarle sobre alguna fonda barata donde pudiera pasar la noche.

—Gire a la izquierda y, a unos doscientos metros, encontrará la pensión “Los Laureles”, dígale que va de parte de Manolo, del restaurante Las Anclas.

En efecto, dobló la esquina y, unos pasos adelante, sin bajar de la acera, se la encontró de frente. Se adentró en el vestíbulo y le preguntó a una mujer entrada en carnes, que intuyó debía ser la patrona, por el precio de una habitación para una noche. Veinte euros —le dijo, sin apenas levantar la vista del periódico. Facundo echó mano a la cartera y le pagó lo que le había pedido. La dueña, acostumbrada a que le regatearan, se quedó sorprendida de que alguien le abonara la cuenta incluso sin haber visto la habitación pero, antes de que pudiera echarse atrás, agarró rápidamente el dinero y le entregó la llave de la número ocho. Está en el segundo piso, desde la ventana podrá ver el mar, le gustará.

Facundo asintió con un simple gesto y encaró las escaleras hasta la segunda planta, entró en la habitación, colocó con delicadeza su vieja chaqueta de pana sobre el respaldo de la silla y la acercó hasta la ventana. Se sentó y, sin cambiar de posición, permaneció más de dos horas admirando los barcos que surcaban el mar con el velamen desplegado. En ese momento el sol comenzaba a dibujar su ocaso en el horizonte. Cuando el último de los veleros se perdió en la lejanía pareció despertar del sueño, cerró la ventana, se echó sobre la cama y se quedó dormido.

A la mañana siguiente tenía previsto salir en el primer tren hacia Altamirano, sin embargo, aunque sabía que ése era su inevitable destino, rechazaba la idea de regresar al origen de sus desgracias. Habituado a madrugar, se despertó temprano con la idea de dirigirse a la estación. De camino hacia el centro de la ciudad, se detuvo ante un escaparate que anunciaba ropa rebajada, entró y pidió unos pantalones y una camisa. Sólo le preocupaba el precio y que fuera de su talla. Nunca se había gastado mucho dinero en prendas de vestir y no pensaba hacerlo ahora. Aunque no era lo que andaba buscando, le pareció una buena compra. Hizo un fardo con la usada, se la ajustó bajo el brazo y siguió su recorrido.

Al doblar la esquina alzó la vista y se encontró frente a la estación. De pronto una avalancha de recuerdos derrumbó su firmeza y sin una clara convicción decidió posponer el viaje. Quería disfrutar de la ciudad y recorrerla con la tranquilidad de un turista, un despilfarro que no recordaba haberse permitido antes. Ahora nada le impedía hacer lo que le diera la gana, desgraciadamente ya no le quedaba nadie a quien rendir cuentas. Todo el tiempo corría a su favor, o en su contra, según se mirase. Decidió retroceder lo andado, siguió paseando hasta la zona antigua y, en una de las callejuelas, se detuvo ante una zapatería donde se compró un par de zapatos que se calzó allí mismo abandonando los viejos. Después entró en una peluquería en la que le afeitaron y cortaron el pelo. Al verse reflejado en el espejo se sintió más joven y salió a la calle, dispuesto a continuar su marcha. Tras varias horas de caminar sin descanso, se encontró ante la cristalera de un restaurante que le despertó el apetito. Se sentó en una mesa bajo la sombra del toldo de la terraza, pidió una cerveza, se encendió un cigarrillo y durante un momento se dedicó a observar a los transeúntes.

Una mujer quiso venderle lotería pero la rechazó alegando que ya no buscaba la suerte. De allí se fue al barrio de las putas, necesitaba compañía después de tantos años sin el calor de una mujer, quería sentir su aroma, la tersura de su carne dura y joven y quién sabe si su cariño, aunque fuera mercenario. Recordó un placer olvidado, sin embargo, se sintió decepcionado por no haber sabido apagar las llamas del ardiente fuego de su Afrodita. Una vez más comprendió que ya nada sería como antes.

Aliviado por los encantos de aquella muchacha extranjera, callejeó por las plazas y soportales; todo le resultaba nuevo y conocido al mismo tiempo, se sentía como un príncipe liberado de su encantamiento. Le repelía la idea de regresar a su casa y siguió caminando hasta que el resplandor de las farolas le anunció que estaba anocheciendo. Frente a él, colgado de un balcón vio un cartel anunciador: “Hospedería La Asturiana”. Decidió entrar y contrató una habitación, pero, antes de subir, recordó a la única persona con la que podía contactar, su amigo Santos Encinas, la solitaria visita que recibió a lo largo de su presidio.

Descolgó el auricular, marcó su número de teléfono y, al reconocerle, notó que la voz de su amigo se tensó como la cuerda de un violonchelo. Con palabras entrecortadas, apenas audibles, Santos le insinuó que todavía quedaba pendiente la última partida, ¿te acuerdas?

—Me acuerdo —le contestó Facundo—, mañana estaré ahí, he salido para terminarla.

Una inacabable escalera repleta de dificultosos escalones le faltaba por recorrer, y aunque ya nada le pedía a la vida, salvo poder acabarla en paz, era consciente de que para llegar a la meta todavía le quedaba la parte más ardua y sombría: la de reencontrarse con los suyos. Desde que se resquebrajó aquel cordón umbilical, que con tanto ímpetu le mantuvo unido a su pueblo, no había vuelto a saber de él, y ahora sentía cómo había echado a perder toda su vida.