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Libros de Autor
Narrativa
21 x 14 cm; 82 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-947776-0-8
DL: V-3195-2017
PVP: 12 euros

 

Portada Cuentos mágicos
Cuentos mágicos
Belén Soler

Este conjunto de relatos está dedicado a una persona definitiva en la vida de la autora, alguien muy querido. Cada cuento quiere reflejar ese mundo brillante en el que uno se puede mecer en la brisa, caer despacio con las hojas, llenarse de sol y tocar el cielo: la magia de vivir. La felicidad está en las pequeñas cosas, sentirlas, guardarlas en lo más profundo del corazón. Y algo esencial: darse y amar silenciosamente, suavemente, de puntillas, como las hadas. ¿No crees en ellas? Pues existen, escúchalas.  

Leer un cuento

 

 

Mª Belén Soler Monreal. Licenciada en Ciencias Matemáticas y profesora de matemáticas en la Universitat Politènica de València.

Ha publicado “Retazos de vida” (ed. UPV, 1997) y ha participado en la traducción de “ A Tangled Tale” de Lewis Carroll dando lugar a “Un Cuento enmarañado” (Nivola, 2002).


 



 

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UN HADA

    Erase una vez una niña pequeñita con voz dulce y risa de cascabel. Tenía muchos hermanos y todos juntos jugaban y se lo pasaban muy bien. Les gustaba el escondite, la pelota, el corro cuando hacía buen tiempo y, cuando llovía (algo frecuente en su ciudad), ocupaban la tarde con rompecabezas, la oca, el dominó y los cuentos. También representaban historias que se inventaban y se disfrazaban con visillos viejos y trozos de tela que les regalaba su mamá.

     La niña era la alegría de la casa. Quería mucho a sus papás. Su mamá era guapísima y tenía unas manos suavísimas con las que cosía y bordaba muy bien. Una de las hadas buenas que fue al bautizo de La Bella Durmiente le había enseñado a manejar los hilos y telas para hacer primores. Y así, nuestra niña y sus hermanitas llevaban siempre bonitos vestidos blancos con bodoques y vainicas, con lorcitas y lazos. Su papá era un hombre muy elegante que trabajaba mucho en un despacho lleno de libros aunque, siempre que podía, llevaba a los niños al parque.

     La niña aprendió de mamá el buen hacer y el buen gusto en las labores. Las sábanas de la cama tenían bordadas ramitas en flor, tan delicadas que ni siquiera se marcaban en la mejilla. De papá, aprendió el respeto a los libros, a acariciarlos, a aspirar su aroma y sus letras y así se llenó de saber.

   Mamá la enseñó a ser educada y papá, a ser organizada. De mamá, heredó la dulzura y la sensibilidad,  de papá, el optimismo y la seguridad.

      La niña creció feliz, con su voz dulce y su risa de cascabel. Sonreía y su cara se iluminaba y sus ojos brillaban. Se hizo mayor pero su corazón era el mismo de cuando era niña, su mirada era limpia como cuando era niña, su sonrisa tan luminosa como cuando era niña. Le gustaban las flores: las regaba y mimaba. Su jardín era el más bonito y el mejor perfumado. Se movía en él, suave y ligera, meciéndose en la brisa. ¿No os parece que era un hada? Porque las hadas tienen risa de cascabel, los ojos de cielo y el corazón dulce y crujiente como el algodón de azúcar. Pero nadie lo sabía, ni siquiera ella misma.

   Se casó con un chico con el mar en los ojos y tuvo una niña con mejillas de manzanita. ¡Qué nena más adorable! ¡Graciosa y rebonita! ¡Chiquitina tú! ¡Cómo te quiero amorcito, trocito de mi corazón!

    Mamá, sin saberlo, también le había enseñado a ser una buena  mamá, paciente y dulce. La mejor mamá del mundo, la mamá más guapa del mundo con la niña más rica del mundo en amor, atención, caricias, besos y sonrisas. La hijita iba creciendo, primero capullito, luego rosa hermosa, lista como una ardilla, alegre como la primavera. La casita de los tres era la más linda del lugar, la más acogedora, la más confortable, la casa de un hada.

    Pero, un día, nuestra princesa del cuento sintió que le dolía el corazón. Quizás una tarde en el jardín, el aire se había tornado frío mientras el sol brillaba demasiado. Una tarde extraña e hiriente. No sabía qué le ocurría y mientras esperaba a que todo pasara, seguía sonriendo, queriendo, acariciando y soñando. Nadie se daba cuenta de que le dolía el pecho. ¿Qué tendría la princesa, qué tendría? Le costaba disimular su pena, huía a ocultarse en su jardín donde el sol secaba sus ojos húmedos. La niña que ya no era niña sino un hada que era brisa marina de la tarde, que ya no era agradable y rosa, sino desasosegante y gris.

      Un hada observaba desde una nube y se dio cuenta de que algo no iba bien. Le susurró: “Niña, no consientas que un conjuro haga desaparecer tu naturaleza de hada, tu esencia profunda. Necesitas que te quieran y te quieren. Todos los niños quieren a las hadas y muchos mayores también. Y el sol, los pájaros y las flores te quieren porque tú los amas. Necesitas querer, pues entonces quiere, ama. Ama cada segundo del día a todo el que te encuentres, ama sin descanso lo que tienes, lo que te rodea. Si amas, si quieres, atraerás todo un universo que te querrá a ti y así tú amarás más y será un círculo mágico, no un círculo no, una espiral como una escalera que te hará llegar al cielo. Mientras subes y subes, tu pecho sanará. Sonarán cascabeles y campanas a tu paso, dejarás un camino de luz. Al girarte y verlo todo tan iluminado y alegre, te sentirás bien, muy bien, y descansada.”

     El hada de la nube estaba preocupada y quería romper el maleficio. “Chist”, la llamaba y simplemente le sonreía, le tendía sus manos y le lanzaba un beso desde lo alto. Sencillamente le ofrecía su amor. Susurraba “levanta los brazos, más, mucho más, aún puedes más, mucho más, si te esfuerzas un poco, el cielo estará tan cerca de ti como tú quieras”.