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Relatos
21 x 15 cm. 164 págs.
Rústica fresadoo con solapas
ISBN: 978-84-947120-4-3
DL: V-2191-2017
Cód. BIC: FA
PVP: 15 euros

Portada Firicutancia y otros relatos
Firicutancia y otros relatos
Ángel Hernández

Las voces de personajes reales nos hablan de un tiempo que no ha de volver: una boda o una disputa en un paisaje que ya no existe. De las angustias que atenazan la adolescencia. De las miserias humanas, que muestran a los actores con el culo al aire: las tribulaciones  de un investigador privado en la era de internet. La aventura de un viaje en auto-stop en los días anteriores al blablacar y al móvil. Un cuadro de Hopper desvela su trama negra. Dos amigos se reencuentran después de muchos años y viven una noche tórrida...

Relatos, en fin, sobre el conflicto cotidiano entre vida y muerte, en un tiempo que, sin la protección de los dioses, muestra al hombre como protagonista y responsable último de sus derroteros.

Realismo y humor a la búsqueda de la poesía.

Leer cuentos

 

Ángel Hernández "Papú". Nació en Utiel en 1958. Cuando su familia se trasladó a vivir a Valencia, ayudaba a su abuelo, que no se adaptaba al tránsito de la vida agraria a la ciudad, a corregir lo que escribía: recuerdos de tiempos de guerra y posguerra. Revisaba la ortografía y la sintaxis de aquellos textos -que aún conserva- para darles ritmo y sentido. Disfrutaba con ello y, cuando quiso darse cuenta, ya era otro más rellenando sus cuadernos escolares con sus historias y fantasías. Entonces era un bachiller y desde entonces no ha parado de escribir. Una amiga, Verónica Díaz, le invitó a integrarse en el colectivo de escritores Lab de Valencia, en cuya selección de relatos "Fugitivos" (2017) hay un cuento suyo. FIRICUTANCIA y otros relatos es su primer libro publicado.

 


 



 

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El bancal del cañar

 

A mitad de la comida el tío Ventura ya no pudo contenerse:

–Esta mañana ha venido un corredor de fincas que me ofrece seis millones de pesetas por el bancal del cañar.

Asunción ya se había levantado y, sin inmutarse, se dirigía a la cocina para volver con la fruta. Se sentó, disponiéndose a pelar una naranja con los dedos.

–¿Me has oído?

–Claro que te he oído.

–Y ¿qué dices?

La mujer acabó de masticar el gajo antes de responder.

–Pues que si te dan seis millones es porque el bancal vale doce.

Ventura tomó un trago del vaso antes de elegir su pieza de naranja.

–¿Tú sabes cuánto son seis millones de pesetas?

–Me hago una idea.

Acabaron de comer en silencio. Solo el perro, encadenado a la fachada de la alquería, gruñía en voz baja reclamando su pitanza. El hombre seleccionó de entre los restos de la comida y se levantó para calmar el hambre del animal. Se detuvo para escuchar a Asunción:

–Hazme caso, no bajes ni un chavo de los doce millones.

Desde hacía tiempo circulaba el rumor de que se planificaba levantar una barriada de viviendas en la zona y que afectaría a los terrenos del tío Ventura. Para tratar el asunto, el matrimonio congregó un domingo a sus hijos, dos médicos de prestigio con la vida muy resuelta en la capital, y ya desconectados del mundo rural que los vio crecer. Juntos, alrededor de una paella en el corral, decidieron algo que parecía inevitable: vender.

El corredor volvía casi semanalmente, bien vestido, hablando castellano, un idioma que Ventura no dominaba y le hacía perder destreza en la negociación. Aunque la cifra iba subiendo en cada encuentro, Ventura tenía asumido que su número era el doce, lo había dicho su mujer. A ella también acudió un día el corredor intentando romper la cerrazón.

–Mire usted, que me van a echar del trabajo, no puedo ser tan generoso como pretende su marido.

–Esos son asuntos de hombres, yo no entiendo de números. Vaya, vaya y hable con él.

Se firmaron los doce millones, por supuesto. Enormes topos mecánicos excavaron lo que había sido un campo de mazorcas, para alojar los cimientos de las primeras fincas: un nuevo barrio para el distrito catorce.

 

La escopeta de Patraix

 

La vida en la barriada era ruidosa. Los inmigrantes llegábamos,  en oleadas, para quedarnos, dejando atrás, en otros pueblos imposibles de olvidar, la falta de horizontes. Ahora, a nuestros pies, Valencia. La perspectiva de un futuro mejor perfilaba un vecindario optimista, solidario, confiado. El buen humor desbordaba las viviendas por ventanas y balcones, y se arremolinaba en las calles, en las terrazas de los bares, en el campo de fútbol para aficionados…

Los domingos, el trino de los canarios enjaulados al sol competía con la radio, a todo volumen, de algún vecino que se empeñaba en compartir con el resto de la comunidad las tonadillas del momento. Y aún encontraba hueco el canto alegre de algún ama de casa mientras preparaba la comida más concurrida de la semana.

Yo, por mi parte, dedicaba esas mañanas a la pereza, hasta que me pillaba mi madre y me obligaba a quitarme el pijama para tomar un baño. Para entonces, las amigas de mi hermana ya habían pasado a recogerla para salir. De hecho iban de casa en casa aumentando el grupo hasta completar la pandilla.

Uno de esos domingos, y supongo que por puro aburrimiento, decidí seguirlas. ¿A qué dedicaban ese grupito de chicas encantadoras sus salidas dominicales? Era el día de averiguarlo. Salieron de casa con la algarabía habitual, y fui tras ellas.

Tomaron la senda que serpenteaba por la huerta para desviarse hacia la ermita de Soternes. Yo las vigilaba a una distancia prudencial, ocultándome entre alcachoferas o tras el tronco de algún viejo olivo.

Cuando llegaron a las inmediaciones de la ermita se pasaron un paquete de cigarrillos y comenzaron a fumar, al tiempo que aireaban las cabelleras al sol como si acabasen de salir de la ducha. Y charlaban, y charlaban… Algo defraudado, abandoné las pesquisas. Decidí improvisar y seguir la mañana por mi cuenta.

Siguiendo la música de la acequia, iba bordeando distraído la tapia posterior del viejo orfanato, festoneada de cañas y moreras. Siempre me impresionó aquel edificio, la Casa Hospicio de Pobres de Nuestra Señora de la Misericordia. Lo imaginaba como el lúgubre escenario donde se infligían terribles castigos a niños sin padres, indefensos y famélicos.

Crucé la vía del tren, dejando atrás el mundo urbanizado y conocido de mi entorno cotidiano. Me adentraba en la huerta de Patraix: otras alquerías, otros molinos, otros campos. Imaginé que ese paisaje había permanecido invariable durante siglos. Una extraña excitación acompañaba mi proeza expedicionaria, avanzaba por terrenos desconocidos bajo un tibio sol primaveral. Un momento perfecto, de no ser por la corbata de gomas con que me ornaba mi madre en días festivos. Siempre fui respetuoso con el fruto de los campos. Rodeado el barrio de albaricoqueros, naranjos y otras delicias, nunca me daba por ir a merendar del árbol. Tan solo espigolaba el campo cuando el labrador lo abandonaba al atardecer, cargada ya la cosecha en el remolque; entonces acudíamos los chiquillos (y mayores) en bandada a recoger la fruta o patatas o cebollas que el propietario había descartado. Pero aquella mañana descubrí, entre el verdor, aquel árbol de nísperos de oro. Puedo jurar que brillaban y el destello era dorado. Me atrajo como miel a la mosca.

Al aproximarme, no me esperaba el encuentro y me quedé paralizado: a la sombra del nisperero un hombre de mediana edad sujetaba una escopeta, cuyos dos cañones apuntaban a un muchacho en actitud suplicante y listo para salir por piernas. Hablaban el valenciano seco de la huerta.

–Tiene que creerme, amo. Yo no le he tocado ni un pelo a su mujer. Hable con ella.

–Lárgate de aquí, Peris. No quiero volver a verte por casa nunca más… o te arrepentirás.

A pesar de la amenaza, la escena no era violenta. Por contra, flotaba en el aire una gran serenidad. Percibí que el patrón y el mozo estaban dirimiendo una duda, solo eso. Imaginé que, por encima de todo, se necesitaban mutuamente. Me pareció obsceno continuar allí. Marché como llegué, sin ser visto, convencido de que no habría disparo. Me llevé grabado en la retina al hombre de la escopeta, enmarcado por el nisperero. Tras él, una mancha blanca: la alquería, la fachada salpicada de campanillas de Dondiego de noche y algunas flores de bulbo, la parra exultante. En aquella atmósfera vegetal, perfumada y voluptuosa, era fácil imaginar la historia de la mujer del propietario y el joven empleado.

Grabada en la mente me llevé también aquella palabra: amo.