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Libros de Autor
Narrativa
21 x 15 cm. 260 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-947120-5-0
DL: V-2190-2017
Cód. BIC: FA
PVP: 15 euros

 

Portada Tinta roja sobre el papel
Tinta roja sobre el papel
Leonor Albalate

En la deslumbrante Valencia de principios del siglo XXI impera una dinámica de corrupción política y económica. Y Guillermo Calabria, triunfador, sabe aprovecharse de ella. En ese ambiente de negligencia cumple todos los requisitos para ser un ganador. Es atractivo, es inteligente y le gusta mandar. En la intimidad esos deseos de dominio incluyen manejar de forma tiránica y a veces violenta a su mujer, Ariadna. Los negocios marchan sobre ruedas para Willy y sus socios hasta que el encuentro de la joven enfermera Clara con la resignada Ariadna irá cambiando el guión. A partir de ahí el detective Manuel Guarch, algo más que el buen amigo de Clara, deberá iniciar una investigación que acabará implicándole de manera muy personal. El tiempo demostrará que un camino de éxitos puede tomar desvíos impensables en el momento más imprevisto.

Leer Capítulo 1

 

Leonor Albalate nació en Binche (Bélgica). Con diez años se traslada a Valencia. Licenciada en Ciencias de la Educación, obtiene plaza de funcionaria en la Consellería de Sanidad en 1993. Lectora empedernida, a veces compulsiva, Leonor siempre ha disfrutado escribiendo. En 2011 publica su primer libro: La huella de las hormigas, novela negra ambientada en un medio que conoce bien, el de sanidad. Fue reeditada en 2016 dentro de la colección de Libros de Autor de Ediciones Contrabando. En el mismo año participa en el concurso de microrrelatos "Russafart", publicándose una selección bajo el título 100 Microrrelatos siendo el suyo uno de los finalistas. En 2017 participa en el libro Fugitivos con el relato "Niño mecano V13/N15". En esta segunda novela, Tinta roja sobre el papel, recupera a dos de los protagonistas de la primera: el detective Manuel Guarch y la enfermera Clara.


 



 

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1.

Sólo hubo un par de testigos del asesinato, aunque nunca lo sabrían. Aquella mañana, la temperatura era benévola en la apodada Pequeña Manhattan del Mediterráneo. Un cielo nítido cubría la bahía repleta de altísimos edificios. Desde la orilla del mar se divisaba la suave curva del horizonte, azul celeste, uniéndose al profundo azul cobalto de las aguas. La brisa atenuaba el calor del sol. Corría el mes de noviembre y si existía algún lugar en el mundo para disfrutar de una pacífica existencia, era ese. El verano en Benidorm, en cambio, era otra cosa. Aquella paz se transformaba en un hormiguero desenfrenado. Agobiante. Imposible mirar en lontananza. Un millón de seres ocupaba el espacio bajo variopintas sombrillas, solazándose con la parafernalia playera que arrastraban tras de sí como babas de molusco. Sólo con la llegada del otoño se recuperaba esa deliciosa atmósfera de tranquilidad, refugio preferido de los jubilados de la Europa obrera, a los que no les alcanzaba para el lujo turístico de Marbella o Islas Baleares.

Reclinados en unas cómodas sillitas de playa, la pareja de alemanes se disponía a pasar otra jornada de asueto bien merecido. A pesar de la temprana hora, cubrían sus cabezas de pelo blanco con sendas gorras por temor a una insolación. El hombre, con los ojos cerrados, se dejaba adormecer por el murmullo del oleaje. Su mujer, en cambio, como un pájaro curioso, oteaba el terreno a derecha e izquierda, admirando la extensión de arena sin huellas, impoluta tras el paso de las máquinas barrenderas al amanecer. Miró a su marido con ternura. Los cuatro pelos blancos y finos como los de un bebé, escapándose por los bordes de la gorra, habían dejado de bailar. Ni una brizna de brisa. Sonrió hacia el cielo infinito, agradecida al universo. Aquel era uno de esos momentos de la vida que incitaban a reconciliarse con el mundo.

Entonces percibió algo incongruente por el rabillo del ojo. Giró su cuello a la derecha, hasta casi tener que incorporarse. Afinó la vista, algo parecía volar.

—¡Walter! Mira hacia allí. ¿Qué es eso que va por el aire?

El hombre entornó los ojos y se fijó en aquel elegante rascacielos que señalaba su mujer.

—Parece un pájaro… bastante grande…

No llevaba las gafas y aventuró una respuesta lógica. No le entusiasmaba sacar a colación su merma física.

—Sí. Un ave que ha dejado de volar. Parece como si planeara… — añadió ella.

La silueta oscura, de lo que fuera, desapareció a cámara lenta, tal como había aparecido.

—Qué extraño —comentó la mujer, recostándose de nuevo—. Sí, debía de ser un pájaro. Un pájaro raro de estas tierras.

Walter volvió a cerrar los ojos, satisfecho. Había eludido cualquier referencia a su disminuida capacidad visual. Ignorar las carencias físicas propias de la vejez era su norma. Para qué darles vueltas. Respiró hondo el aire marino. Toda una vida de trabajo en la fábrica de fundición de su Alemania natal le había hecho apreciar el aire puro y el no pensar en nada.

Un cuerpo humano se estrelló en un solar en construcción. El esqueleto de un gigantesco rascacielos se erguía en el centro, pero la obra, de una desproporcionada magnitud, estaba en un patético abandono desde meses atrás, fruto de la llamada burbuja inmobiliaria, reventada y en crisis. El terrero de arena pisada, seco por el sol y por el trasiego de obreros con sus pesadas maquinarias, se empapó de la sangre del muerto. Indudablemente muerto. Caer de la planta cuarenta y cinco de un edificio de doscientos metros de altura anulaba cualquier esperanza de supervivencia. El ruido de los huesos al romperse sonó en el vacío. La inmovilidad del lugar, inalterada.

Pasados unos minutos, un gato explorador, enorme, con los músculos flexibles dispuestos para saltar ante cualquier eventualidad, se acercó cauteloso. Olfateó el cuerpo. Aquello no se movía. Dio un golpecito decidido con una de sus patas delanteras, sin resultados. Su estado de alerta se distendió. Olisqueó un rato más. Un trozo de filamento negro, delgado como una lombriz, se escabulló de pronto entre los recovecos del cuerpo. Soltó un zarpazo entusiasmado en el pectoral del hombre, justo dónde parecía haberse camuflado el gusanillo, pero no pasó nada más. Allí no había nada interesante para él y se alejó con dignísima indiferencia.

El resto de la comunidad gatuna, diez gatos de diferentes pelajes que observaban desde la distancia, se aproximó ya sin temor a curiosear. Un momento después, huyeron precipitados. Alguien se acercaba. Un hombre se inclinó y palpó algo en aquel cuerpo descoyuntado. Sonó un chisporroteo.

Esa sería la última escena de la grabación.